Ana vivía muy cerca de la estación del tren. Por eso iba todos los domingos a ver pasar los trenes. Ana iba con su abuelo, ya que a los dos les gustaban mucho los trenes. Ana y su abuelo llegaban sobre las once de la mañana y se sentaban en un banco de la estación. A los pocos minutos aparecía el tren expreso, que tenía vagones de coches-cama y literas y también un vagón con cafetería y restaurante.
Allí se bajaban los viajeros y otros continuaban el viaje. Al cabo de un rato se oía pitar un tren a lo lejos. Ana y su abuelo ya sabían que era el talgo, que paraba un momento y luego seguía su viaje. El talgo parecía un gusano, ¡un gusano muy corredor!
A las doce pasaba el intercity. Era el tren que más le gustaba a Ana. Corría por las vías a mucha velocidad sin hacer casi ninguna parada. Cada media hora pasaban los trenes de cercanías, que llevaban a los viajeros de unos pueblos a otros.
Estos trenes llevaban pocos vagones y eran los que más le gustaban al abuelo de Ana. Cuando ya se acercaba la hora de comer, la niña y su abuelo volvían a casa, felices por haber visto tantos trenes.
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